lunes, 10 de enero de 2011

EL DESARROLLO SOCIOEMOCIONAL DEL NIÑO HIPERACTIVO

El desarrollo socioemocional del niño hiperactivo

            Emocionalmente, los niños hiperactivos muestran un desarrollo más inmaduro que sus compañeros de edad. Se desmoralizan con facilidad, cambian frecuentemente de estado de ánimo, no toleran la frustración, les cuesta aceptar sus errores y culpan con frecuencia a los demás, les cuesta ponerse en el lugar del otro y tener en cuenta sus deseos y sentimientos, se muestran tercos y malhumorados con frecuencia  y parecen tener una autoestima muy baja o falsamente inflada. Analizaremos algunos de los comportamientos más frecuentes.

a) La baja tolerancia a la frustración

            Indudablemente, los niños hiperactivos se ven sometidos a mayor número de situaciones frustrantes a lo largo de su desarrollo. Estas frustraciones aumentan de forma considerable con la exigencia escolar.

            Una situación se convierte en frustrante para un niño cuando el niño siente que no puede responder correctamente a las demandas de la misma. La sucesión de situaciones frustrantes en combinación con las escasas experiencias de éxito, producen en el niño un sentimiento de indefensión que contribuye de forma clara, a hacerle cada vez más intolerante ante situaciones de exigencia.

            Cuando la exigencia no está controlada, el niño se desespera, tira la toalla y se niega a trabajar o a obedecer.

b) La baja autoestima o autoestima aparentemente inflada

            Todos los niños, desde el momento en que nacen, se miran en los adultos como en un espejo, de este modo, comienzan a tener cierto conocimiento de quienes son, de sus cualidades, de sus habilidades y de sus torpezas.

            Cuando un extraño comenta algo positivo de un niño de 5 años y su madre asiente satisfecha, el niño aprende que tiene cualidades positivas y que gusta a los demás. Con la información que recibe de las personas que le rodean y contrastando esta imagen con la realidad, el niño forma su autoconcepto. El autoconcepto es, pues, el concepto o la imagen que cada uno tiene de sí mismo.

            Si esa imagen que tiene un niño de sí mismo ( autoconcepto) y que se ha forjado en relación con la información de los adultos y de sus propias experiencias, le gusta, diremos que el niño tiene una autoestima positiva o buena autoestima. Si, por el contrario, la imagen que tiene de sí mismo no le gusta, diremos que tiene una autoestima negativa o mala autoestima.

            El niño hiperactivo es, en este sentido, un niño más que se refleja en los adultos para conocerse a sí mismo. Dadas sus características, no es fácil que el autoconcepto del niño hiperactivo y, posteriormente, su autoestima, se desarrollen de una forma sana.

            Por su parte, es un niño más difícil de educar por lo que con mayor frecuencia suele recibir una información más negativa de su comportamiento y de su capacidad. Por otra parte, la realidad es que crece sometido a mayor número de fracasos que los demás niños, se mete con mayor frecuencia en dificultades, comete muchos más errores y con mayor frecuencia que los niños de su edad y cuando se compara con sus hermanos es prácticamente imposible que no sea consciente de sus propias dificultades. Las malas experiencias se acumulan en torno a un sentimiento de indefensión, es decir, de falta de control de los efectos de su comportamiento sobre la realidad: “yo me esfuerzo, pero no veo que ello me conduzca al éxito, haga lo que haga, fracaso”. Todo ello contribuye a la formación de una baja autoestima.

            Los estudios revelan que esta baja autoestima está relacionada con el mal rendimiento escolar y que se agrava al llegar a la adolescencia, de tal forma que los niños hiperactivos tienen una imagen de sí mismos peor que los niños normales al llegar esta edad.

            Por lo general, la imagen que estos niños tienen de sí mismos se traduce en comportamientos fácilmente observables que varían según las características individuales. Podríamos distinguir tres grupos:

a)      Los niños que manifiestan abiertamente que se sienten incapaces. Estos niños suelen quejarse constantemente de su incompetencia, solicitan ayuda hasta para las cosas más elementales, rehuyen la responsabilidad, evitan el trabajo que requiere esfuerzo o todas aquellas actividades en las que no pueden saber de antemano que realizarán con éxito, se muestran excesivamente sensibles ante situaciones frustrantes y reaccionan con descontrol o agresividad ante experiencias de fracaso ( rompen la hoja cuando no le salen las cuentas, tiran los libros, pegan cuando les insultan, etc.).
b)      Los niños que tratan de esconder sus sentimientos de incapacidad. Estos niños tratan de ocultar el gran miedo que tienen a no ser capaces. Por este motivo, evitan cometer errores demandando de forma excesiva instrucciones y dirección del profesor para tratar por todos los medios de conseguir resultados escolares aceptables. Esta actitud suele ser más propia de las niñas hiperactivas que de los niños hiperactivos y sus manifestaciones más claras son: ansiedad elevada ante el rendimiento académico, excesiva dedicación a tareas escolares sin que los resultados sean acordes con su esfuerzo y gran frustración cuando no alcanzan los niveles de autoexigencia que se autoimponen.
c)      Los niños que dan muestras de arrogancia y prepotencia. En algunos casos puede sorprender que algunos de estos niños muestren conductas de arrogancia, prepotencia, y una aparente autoestima positiva. Decimos lo de “aparente” porque, en realidad, una observación más profunda nos permite descubrir la inconsistencia de esta imagen. Detrás de una conducta de este tipo, suele esconderse un niño frustrado que desea ocultar una imagen negativa de sí mismo. Estos niños se sienten “atacados “ por sus experiencias de fracaso y necesitan cubrir esas evidencias fanfarroneando ante los demás incluso con mentiras, metiéndose con los más  débiles y burlándose de niños con peor rendimiento para poder compararse y sentirse así más capaces. Por lo general, estos niños son frecuentemente rechazados por sus compañeros y por los adultos que los interpretan como egoístas, desconsiderados y crueles. Entran, de este modo, en un círculo que se retroalimenta de forma negativa. Cuanto peor es la autoestima del niño, peor será su comportamiento de cara a los demás, más censuras obtendrá de los adultos y más rechazo de sus compañeros, lo que , como es lógico, redundará en una autoestima todavía más negativa y el ciclo se repetirá de nuevo.

En esta situación la actitud de los adultos y padres es muy importante. Veamos algunos consejos de interés:

a)      Tener presente que el niño tiene una mala imagen de sí mismo y desea reconocimiento, aunque lo busque de forma inadecuada, burlándose y humillando a los demás.
b)      Darle ese reconocimiento por cualquier cosa que haga correctamente adelantándonos a su mal comportamiento.
c)      Tratar de evitar situaciones en las que sabemos que se pondrá “guerrero”, sobretodo al principio.
d)     Ignorar, en la medida de lo posible, su mala actitud.
e)      No confirmar su etiqueta “eres malo”, sino utilizar frases “lo que has hecho no está bien, no me gusta, tendrás que arreglarlo”.
f)       No desvelar al niño que hemos entendido lo que le pasa, actuaremos en consecuencia, pero no le haremos consciente de su “juego inconsciente”.
c) La aparición de sentimientos depresivos

            Los resultados de las investigaciones parecen reflejar un mayor índice de sentimientos depresivos en los niños hiperactivos en comparación con los niños no hiperactivos de su misma edad y condición social ( Orjales, 1991).

            A pesar de que experimentalmente no esté probado, la experiencia clínica nos permite observar dos modos de reacción de los niños hiperactivos ante las adversidades que provoca su cuadro sintomatológico. Por un lado, un grupo de niños que tiende a la depresión infantil, con una autoestima muy deteriorada. Y, por otro, un grupo que tiende hacia la “euforia” infantil,cuyo comportamiento parece ser contrario al de un depresivo y cuyo autoconcepto parece ser  tan extremadamente positivo que parece rozar la irrealidad. Es la imagen de “aquí no pasa nada”, y normalmente se trata de un infructuoso intento de huir de la frustrante realidad.

            Se haya constatado experimentalmente o no, es muy importante para los padres y profesores determinar qué tendencia tiene el muchacho/a que debemos tratar. La forma de intervenir en uno u otro caso tiene matices distintos aunque básicamente consiste en enseñar a evaluar y a adaptar sus propios recursos a su realidad concreta.

            El niño debe aprender a evaluar por sí mismo y de forma objetiva su propia conducta, sus propias dificultades, sus propios recursos y sus propios progresos. Por ejemplo, si nuestro hijo tiene dificultades para controlar su movimiento, si le cuesta guardar turno porque no soporta las esperas, probablemente una de las técnicas más adecuadas para él sea que aprenda distintas técnicas de relajación y autocontrol. Pero además de esto, tan importante como la propia técnica es enseñarle a autoevaluar sus dificultades formulando la siguiente pregunta:

-          ¿Me cuesta realmente esperar turno?
-          ¿En qué situaciones me pasa con mayor frecuencia?
-          ¿Cómo reacciono cuando tengo que esperar?
-          ¿Qué ocurre cuando reacciono de esta manera?
-          ¿Podría evitar de alguna forma estas situaciones?
-          ¿Puedo aprender a controlarlas?

Si el niño llega a ser realmente capaz de contestar a todas estas preguntas, la terapia tiene un doble efecto: no sólo habrá aprendido a controlarse en situaciones de tensión, sino lo que es más efectivo, aprenderá a manipular su entorno para que le provoque menos dificultades. Por ejemplo, si sabe que le cuesta esperar turno en el autoservicio del comedor, puede ser de los primeros o de los últimos en bajar a comer de forma que no tenga que esperar demasiada cola.

            Hemos podido ver la importancia de determinados enfoques en el tratamiento del alumno hiperactivo. Las pautas educativas que se observen en el hogar deben estar muy sincronizadas con las medidas educativas del colegio.

d) El desfase entre la capacidad intelectual y emocional: la inmadurez

            Los niños hiperactivos suelen ser descritos por sus familiares y educadores como niños que se comportan de forma infantil, inestables y con frecuentes cambios de humor. Dada la falta de control de los impulsos y la baja tolerancia a la frustración, los niños hiperactivos resultan más vulnerables a las dificultades de relación con el entorno. En este sentido parecen adoptar una de estas dos posturas extremas: o las cosas “no parecen afectarles” o bien, “parecen descolocarles constantemente”, de ahí que se afirme que la mayoría de los niños hiperactivos sean inestables y tengan frecuentes cambios de humor. La inmadurez de un niño hiperactivo hace que, por ejemplo, se desespere si no recibe la merienda nada más salir del colegio, que las esperas o la demora de premios sean insoportables o que aguante peor la frustración ante los cambios de plantes.

e) La necesidad de llamar la atención

            Una de las características de la mala conducta de los niños hiperactivos es la desobediencia. Tras la desobediencia muchas veces se esconde el deseo de llamar la atención de los adultos, aunque sea a costa de un castigo o de una regañina. Saber entender este aspecto resulta de vital importancia para conseguir cambios en la conducta del niño hiperactivo.

            El niño hiperactivo, como ya hemos constatado en numerosas ocasiones, es un niño con problemas de control: le cuesta estar sentado, centrar su atención durante un tiempo prolongado y no ser impulsivo. Estas características dificultan la adaptación de la conducta a los requerimientos de cada situación.

            Durante muchos años, tanto los padres como los profesores ignoran que estas características pudieran deberse a otra cosa que no fuera a desobediencia, el descaro y la malcrianza. Frecuentemente eran niños catalogados como “insorportables” a los que  a menudo los adultos se referían desesperados con frases como “ya no se qué hacer con el “. La ignorancia de la existencia de un cuadro patológico infantil que debía ser tratado condenaba la evolución del niño hiperactivo de la siguiente forma.

            Al comienzo del a escolaridad, las expectativas de este niño, como las de cualquier otro, serían positivas. El niño entra entusiasmado a clase, trata de estar atento y en un primer momento parece que lo consigue. Se encuentra motivado, a gusto y entusiasmado con el tema que se está debatiendo en clase. Al poco rato se distrae con el estuche nuevo, intenta abrirlo y no tiene paciencia para ver cómo funciona. Segundos después el estuche sale despedido estrellándose estrepitosamente contra el suelo. Éste es el  primer incidente de una serie de torpezas que se prolongarán en los meses siguientes. Debido al problema del estuche, recibe una reprimenda de la profesora quien le quita el estuche hasta terminar la clase. El niño se enfada, no cree haber hecho nada malo y pierde el hilo de la explicación. Al rato ha desconectado de la actividad del grupo, se aburre y comienza a  molestar al compañero de la mesa de al lado...

            El ciclo comienza, el niño  no será capaz de llamar la atención de forma positiva y se acostumbrará a que su profesora esté pendiente de él utilizando su mal comportamiento. No sólo no se verán reforzados sus escasos intentos de autocontrol, sino que se fomentará indebidamente su mal comportamiento.


f) La dependencia de la aprobación de los adultos

            Los niños hiperactivos por sus características cognitivas y emocionales dependen en mayor medida de la aprobación de los adultos. Como hemos comentado antes, el origen de la mayoría de los problemas de comportamiento está en la necesidad de llamar constantemente la atención de los mayores.


g) Las dificultades en las relaciones sociales

            La gran mayoría de los niños hiperactivos tienen dificultades en la interacción con sus compañeros, tanto si presentan problemas de conducta como si sólo muestran una sintomatología hiperactiva.

            Veamos cómo es esa relación según se ha detallado en recientes investigaciones:

-          Los niños hiperactivos son más rechazados por sus compañeros
-          Aunque parece que el exceso de actividad no es problemático en relación con los compañeros si no  está acompañado de impulsividad y dificultades de atención (Pope, Bierman y Mumma, 1989)
-          Los niños hiperactivos agresivos parecen mantener una conducta de interacción inadecuada con sus compañeros de forma más estable y duradera que los niños que sólo son hiperactivos. Estos últimos mejoran con los años.


Los niños hiperactivos, al comportarse impulsivamente, no son capaces de predecir las consecuencias sociales de sus conductas. Les interesa la satisfacción inmediata, no pueden pensar en que las consecuencias de sus acciones les pueden limitar sus relaciones sociales futuras. Por ejemplo, un niño hiperactivo que desea llamar la atención de los compañeros, no chuta la pelota en un partido de fútbol y hasta puede ser que la tire fuera del campo para que no se la quiten y ser, durante unos instantes, el centro de atención. No es capaz de predecir que mañana no será elegido para jugar debido a su mal comportamiento. Cuando al día siguiente sus compañeros le recriminen sus actitudes y se nieguen a dejarle participar, él negará sus errores y culpará a los demás.

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